El síndrome del intestino irritable, es un desorden funcional de las vías digestivas que afecta significativamente la calidad de vida de quienes lo padecen. Sus síntomas son facilmente atribuibles al estrés cotidiano o, incluso, a otras patologías, entre ellas, la intolerancia a ciertos alimentos.
No es una enfermedad orgánica como tal, porque el intestino no está enfermo en su estructura; se trata, más bien, de un trastorno en el funcionamiento de los intestinos delgado y grueso: hay alteraciones en los movimientos intestinales y un aumento en la sensibilidad de las vísceras (órganos que integran la cavidad abdominal), lo que genera mayor percepción del dolor.
Quienes padecen el síndrome refieren -además de dolor abdominal- cólicos, distensión y gases -sobre todo después de las comidas-, sensación de llenura, alteración en la fecuencia de las evacuaciones y presencia de moco en las heces. La leve mejoría que podría presentarse luego de ir al baño hace que muchos desestimen la dolencia.
Claves
- Quienes sufren el síndrome suelen presentar ansiedad y depresión.
- En ocasiones el tránsito de las heces puede ser lento (estreñimiento) y en otras demasiado rápido (diarrea).
- El umbral del dolor se reduce y los pacientes son mucho más sensibles a las contracciones del intestino.
- El alcohol, la cafeína y los productos lácteos pueden empeorar la condición.
- Las grasas en exceso, los granos y algunos vegetales -sobre todo el repollo, la coliflor, y el brócoli- pueden generar flatulencia o distensión abdominal.
- Las fluctuaciones hormonales propias de la menstruación también podrían empeorar los síntomas.
Tratamiento combinado
- Medicamentos. Contra el dolor y la distensión abdominal se recomienda antiespasmódicos (ayudan a disminuir los espasmos intestinales). En caso de estreñimiento se prescriben laxantes. Si la actividad del intestino es excesiva, se recetan antidiarreicos.
- Alimentación. Los cambios introducidos en la dieta deben ser sugeridos a partir de una evaluación individual, porque es necesario identificar los alimentos y bebidas que desencadenan reacciones adversas en cada paciente. El aumento gradual en la ingesta de fibra (sobre todo cereales, frutas frescas y semillas), el incremento del consumo de agua y la reducción de las grasas son claves. Respetar los horarios y moderar la cantidad de alimentos también puede resultar favorable. En lugar de tres comidas, algunos especialistas sugieren fraccionar la ingesta en desayuno, almuerzo, cena y dos meriendas (a media mañana y a media tarde).
- Cambio de actitud. Entre otros ajustes, el cambio supone desde tomarse el tiempo suficientes para comer y masticar con calma cada bocado, hasta aprender técnicas de relajación o practicar algún ejercicio que permita drenar las tensiones.
A tiempo
Es importante identificar los síntomas y solicitar ayuda médica temprana. El diagnóstico del trastorno requiere, en principio, de un reconocimiento físico, un perfil general de sangre y una evaluación coprológica para descartar la presencia de sangre y parásitos en las heces. La endoscopia digestiva superior y la colonoscopia son indicadas en caso de que haya síntomas de alarma -como pérdida de peso y sangramiento digestivo-, si existen antecedentes familiares de cáncer de colon o en pacientes mayores de 50 años. Dado que los síntomas pueden llegar a ser difíciles de identificar para el paciente, es posible que el diagnóstico se confunda con colitis, intolerancia al gluten o a la lactosa o con una enfermedad inflamatoria intestinal. El médico, entonces, debe evaluar la efectividad del tratamiento y, de no obtener los resultados esperados, practicar exámenes complementarios para descartar otro padecimiento. http://www.facebook.com/buenasalud.vida


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