Aunque se tienen referencias muy remotas de su existencia y se sabe que durante siglos creció en forma silvestre -en bosques, cimas de montañas y cerca del mar-, el cultivo de la fresa no comenzó sino hasta la Edad Media.
Fragante y delicada, es una de las fuentes más ricas de vitamina C, incluso más que algunos cítricos. En consecuencia, participa en la formación de glóbulos rojos, favorece la absorción del hierro, ayuda a combatir infecciones y tiene efectos antioxidantes (neutraliza la acción de los radicales libres).
Compuesta en 90% de agua -de allí sus propiedades diuréticas -y de bajo contenido calórico (una taza tiene apenas 55 calorías), la fresa es considerada una aliada idiscutible en los regímenes dietéticos.
Los nutricionistas enaltecen, además, su contenido en ácido cítrico, de acción desinfectante y alcalinizadora de la orina, y en ácido salicílico, de acción antiinflamatoria y anticoagulante. Su aporte de fibra ayuda a combatir el estreñimiento y favorece el buen tránsito intestinal. La fresa es considerada, también, una buena fuente de potasio, mineral necesario para la generación y transmisión del impulso nervioso.
Numerosos estudios confirman la riqueza de la fresa en fitoquímicos, sustancias que, además de conferirle color a las frutas y vegetales, destacan -entre otros atributos- por sus propiedades protectoras contra el cáncer y sus beneficios para el sistema circulatorio.
Carlos Linneo, el gran botánico sueco del siglo XVIII, recomendaba el consumo de fresa como paliativo contra el reumatismo, el ácido úrico, la gota, la artritis y la arteriosclerosis.
- No es conveniente manipularlas en exceso ni exponerlas al calor.
- Deben lavarse justo antes de comerlas y no dejarse en remojo (pierden su jugo).
- Pueden servirse como postre o acompañando carnes y vegetales.
- Dulces y perfumadas al natural, también se pueden rociar -para realzar su sabor- con zumo de naranja, de limón o con un buen vinagre balsámico.
Fuentes: http://www.consumer.es/

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